Violencia y diversidad sexual en el Triángulo Norte

Escrito por Eduardo Madrid, Investigador del Proyecto Paz y Diversidad

Los eventos en este artículo están basados en casos de nuestro proyecto de investigación Paz y Diversidad. Se han cambiado algunos detalles para proteger la identidad de las personas que vivieron estos hechos. 

Foto: El Metropolitano Digital

 

Yo vivo en El Salvador y, como en muchos países, vivo la violencia día a día por ser parte de la población LGBTI+.

 

Vivo con mi pareja, en una pequeña casa en Soyapango, llevamos 5 años viviendo en el mismo hogar. Los rumores de la tienda dicen que somos familiares, creo que así quieren borrar nuestro amor. En la tortillería he oído que no deberían dejarnos vivir aquí porque “Qué van a pensar los niños? ¿Que eso es normal?”. 

 

Hoy es viernes; tengo que ir a clases y al trabajo. Me despierto en compañía de la ansiedad del día que empieza. Desayunamos y hacemos planes para salir por la noche. La rutina de mi pareja empieza más tarde, así que camino a tomar el transporte público. Todo el mundo afuera es policía de género si tu forma de vestir, caminar, expresarte, o la forma en que te arreglas el cabello es diferente. Empiezas a experimentar las miradas – esas miradas particulares – de desconcierto mezclado con repudio. Las miradas que aprendí a ignorar para soportar cada día, pero que, aún así, hacen daño

 

Hoy no es la primera vez que la violencia avanzó hacia mí. Me llaman culero/marimacha entre otros despectivos. Me dan empujones al son de sus palabras. Oigo a una mujer acompañada de su hijo a quien le dice, “alguna vez habías visto al maricon/marimacha/vestida. Ahí va, mirá”. Las humillaciones se suman a las multitudes dentro de los buses que rebasan su capacidad. Ahora un hombre roza sus genitales contra mí. Esto me llena de asco y de miedo. Quiero llorar, quiero que alguien me ayude, pero sé que no hay nada que pueda hacer. Ante su persistencia, le empujo para terminar el contacto. En ira, el hombre me golpea en la cabeza y yo veo mezclas de negros y rojos con los ojos abiertos. Caigo al suelo del bus y, aunque está  repleto, nadie evita mi caída. Empiezo a sentir patadas en el estómago, el bus sigue en marcha y nadie hace nada. Nunca  hacen nada. El hombre se retira. Con sinceridad, él no ha sido tan fuerte; no necesitaré atención médica esta vez

 

Me levanto sin aire, esta violencia directa pasa a algo cultural. Noto un par de caras que me dicen que me lo merezco por andar siendo como soy, sus ojos me dicen que es mi culpa. Si bien hay quienes muestra preocupación, siguen siendo guardianes de las normas de género. Tomo asiento con miedo en la parte de atrás, esperando mi parada.

 

Veo un grupo de policías y recuerdo las primeras veces que me pasó algo así, su respuesta ante mi denuncia fue “mire, la verdad tenemos cosas más importantes que hacer. Además, ¿cómo sabemos que no fue usted quien se le insinúo a él? Mejor váyase antes de que la arrestemos a usted”.

 

Llego a la universidad y me dirijo al baño. Subo mi camisa y solo veo un par de moretones, pero el dolor de cabeza me está matando. ¿Qué se puede hacer? Limpio lo sucio de mis pantalones y me dirijo al aula. Aún con pocas personas, me saludan con más juicio y susurros que intentan ser oídos y resuenan con un “ahí viene esta persona pervertida”.

 

Como todos lo días, me siento al fondo del aula con la esperanza de pasar fuera de la inquisición de las otras personas, incluyendo al profesor, quien siempre me ve con asco.

 

Luego de la clase, me apresuro al trabajo. Me subo de nuevo el transporte público, con el miedo de encontrar de nuevo la misma situación. La fortuna me hace llegar a la oficina y empieza mi turno. Mi jefa replica la mirada de todo el mundo. En ocasiones me ha llevado a reuniones en privado para informarme que mi forma de actuar incomoda a las demás personas y que por favor. sea lo que sea, que lo sea en mi casa. Ella explica que este es un lugar de trabajo y que no puedo ser así. Ese día traté de explicarle que no puedo dejar de ser quien soy, pero terminé en recursos humanos por insubordinación con una suspensión de un día. 

 

Desde entonces, trato de disimular. No sé qué ni cómo es que les molesto exactamente, pero trato de entrar a la heteronormatividad.

 

Aparte de mi jefa, están los hombres del trabajo que pasan haciendo bromas sobre mí. En sus chistes esconden un imaginario de odio, donde lo diverso es menos, donde lo diverso es malo, donde «que culerada» es negativo. Me he tratado de defender, expresando qué me hace sentir mal. Pero me dicen que exagero y hago dramas, y de nada sirve recursos humanos porque solo son bromas entre colegas de trabajo.

 

A las 8:15 p.m. me reuno con mi pareja en un restaurante. He tenido miedo durante todo el día y, como siempre, la gente me quita su beso y su mano. Pero hoy le necesito y furtivamente le beso. Mi pareja no retrocede, pero sí le toma por sorpresa. No pasa mucho antes de que la mesera se acerca, pero noto que las personas alrededor ven que mi mano furtivamente toma la suya y con ansiedad exigen que lo suelte. Tengo más miedo pero la sujeto con más fuerza. La mesera nos pide que por favor nos retiremos. Le pregunto “¿qué pasa?” Ella me dice que este no es lugar para actos de indecencia.

 

Mi pareja está a punto de discutir, pero, sin soltar su mano, le indico que nos retiremos. No tengo más energías para llevar la corriente en contra de su ilusión de normalidad. 

 

Al salir del lugar, suelto su mano. Le digo que vayamos al bar, que solo quiero sentirme seguro y caminar un poco. Necesito respirar. Le sugiero que caminemos, pues el bar no está muy lejos de aquí. 

 

De camino, le cuento lo que pasó en mi día. Mi pareja se enoja, lo cual es entendible.

 

¿Qué haces tú cuando la persona que amas se siente mal?  ¿Cuando te cuentan algo muy malo de su día, una agresión? ¿Le abrazas?

 

Tengo la seguridad de que sus lágrimas son de enojo e impotencia. Mi pareja ha experimentado lo mismo que yo, en diferentes magnitudes, pero entiende. Me abraza en plena calle, me abraza fuertemente. Me hace sentir que fue mi pareja quien me ayudó a pararme del suelo del autobús.

 

El tiempo es nuestro enemigo. Quizá algunas cosas furtivas las pueden dejar pasar, pero algo tan profundo les causa un terremoto a su fantasía de lo normal. Un hombre desde el asiento del pasajero de un vehículo nos grita, y así un par de carros más que terminan por romper nuestro abrazo.

 

Mi ánimo ya no da más. Seguimos caminando en silencio, y mi pareja toma mi mano. Siento, el tiempo, su mano, nuestro amor, nuestro miedo.

 

Una motocicleta pasa lento a la par nuestra, gritando insultos relacionados a quienes somos. Me gritan por ser quien soy, por ser quienes somos. Aceleramos el paso sin soltarnos de las manos en un intento fútil de huir de lo inevitable. 

 

La motocicleta acelera y nos rebasa. Por un cuarto de segundo pienso que todo está bien. De los dos hombres, uno se baja. No logro entender mucho, no logro ver con claridad más allá que al sujeto que se para frente a nosotros. Desde menos de 20 metros, le dispara. El trueno que el arma libera deja un frío que jamás había sentido antes en mi espalda y luego en todo mi cuerpo. Ese mismo trueno deja mis ojos viendo blanco y con un silbido en los oídos. En tres segundos, mi pareja está en el suelo. No puedo gritar, me arrodillo para ayudarle, y oigo sonidos de dolor saliendo de su boca.

 

Un ardor y un estallido familiar me devienen. Ha sido una patada en la cara. Quedo inconsciente. El dolor y el pesar  me despiertan. Un hombre me está violando. Mi cara está inflamada y no puedo abrir mi ojo izquierdo. Deben haberme golpeado en todo el cuerpo. Siento los movimientos y mi grito queda encerrado en la inflamación de mi boca. Siento un fuerte dolor en mi garganta, quizá me golpearon ahí también.

 

Los hombres toman turnos en su abuso de mí. La sensación de mareo no me deja hacer mucho para defenderme. A lo lejos, escucho los carros pasar y por pequeños vistazos de mi alrededor, comprendo que estoy en un parque. Sé que no puedo hacer nada; solo espero que terminen pronto para poder irme de aquí.

 

Pasan lo que creo que son mil horas y, finalmente, los hombres dejan de violarme. Ellos dicen “si ni pio dijo, bien que le gustó a hijueputa”. Me lleno de enojo al pensar que no puedo hacer nada por la golpiza que me dieron: mi opción ante la violencia es el silencio.

 

Si puedo sentir algo, ahora que mi cuerpo está molido, es lo que siento cuando uno de los hombres dice “ya mata a esx hijueputa y vámonos”. Un frío aún más grande me invade. “Espérate, que esta temprano, podemos joder un rato más”.

 

El hombre saca su cuchillo y sin esperar nada los clava en mis genitales. Un intento de grito sale fútilmente por mi garganta. El dolor regresa a mi, pero me desmayo después de la treceava puñalada.

 

Es así como morí. 

 

***

 

En una investigación por la Institución Pew, 70% de la población salvadoreña señaló que pensaban que la diversidad sexual era inmoral. Estos son solo algunos ejemplos de cómo es el día a día para la población LGBTI+ en El Salvador. Es un día a día lleno de violencia, asaltos, y violaciones de derechos humanos; un día a día donde pueden ser matados por ser sí mismos a amar a quien aman. 

 

Estos tipos de casos son así: la policía y forenses llegan al lugar del crimen y, sin ninguna evidencia forense o protocolo, crean teorías basadas en la apariencia de la víctima u otros factores. Estas teorías incluyen vincular a víctimas a trabajo sexual o pandillas. Estudios sobre este tema han revelado que, en algunos casos, la Procuraduría ha basado defensas en Artículo 129 del Código Penal, lo cual dice que, “Se considera homicidio agravado el cometido con alguna de las circunstancias siguientes … Cuando fue motivado por odio por raza, grupo étnico, religión, política, expresión de género o identidad sexual.” Sin embargo, el mismo estudio señala un fracaso en la administración de justicia: 100% de crímenes por odio restan en la impunidad en El Salvador. 

 

Las miradas, comentarios y bromas son parte de una violencia invisible, una violencia cultural y estructural que condone ataques directos y actitudes negativos hacia cualquiera persona que no sea heterosexual. 

 

Es por estas graves violaciones a los derechos humanos de la población LGBTI+ y la falta de acción por parte de las autoridades que Cristosal ha dado prioridad a investigaciones que visibilizan, desarrollan, e implementan acciones que garantizan los derechos de la comunidad LGBTI+ y estudian cómo las dinámicas de violencia afectan a las oportunidades económicas y políticas públicas para esta población.

 

Esta investigación es parte de la iniciativa “Paz y Diversidad: transformando realidades,” llevado a cabo por nuestro Programa de Enseñanza y Aprendizaje (PEA). PEA utiliza la investigación acción participativa (IAP), lo cual permite a las víctimas a diseñar y participar en el proceso de investigación. Por medio de este proceso, se empoderan para cambiar sus realidades y sociedad. IAP ayuda a las víctimas contar sus propios cuentos y aportar una visión más profunda de la violencia y discriminación que experimenta la población LGBTI+.